07 de septiembre, 2010
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Parrandas: el hechizo de la ilustración
Bajo la apariencia de tranquilo pueblo campestre, un mundo mágico, casi irreal, cobró vida nuevamente en las venas incendiarias de Camajuaní, en el desafío cultural de cada agosto.
 

Como una imagen de Las mil y una noches, esta carroza del barrio de los Chivos desfiló majestuosa durante las parrandas de 2003. Autor: Ariel TerreroCleopatra, Julio César, o la Reina de Saba; una leyenda tailandesa, la historia griega antigua o un cuento de La Edad de Oro de José Martí. Con pasión, Camajuaní moviliza cada año energía y recursos para concebir una avalancha de fuegos y un par de carrozas impresionantes destinadas a vivir sólo tres días de agosto. La fiesta termina y con ella la obra, majestuosa y carnavalesca, se diluye.

Aunque sólo emerge, sensual, epicúreo, bullanguero e incendiario, en los días de parranda, un mundo mágico y surrealista subyace bajo la apariencia tranquila, engañosamente aburrida, de pueblo de provincias. Camajuaní vive por y para las parrandas, en una suerte de guerra a veces abierta, a veces secreta.

Dividido por el Parque Leoncio Vidal en dos barrios –Santa Teresa y San José-, este pueblo villaclareño traza, entre ambos, una frontera común más auténtica que las convenciones urbanas: la pasión.

Según Juan Manuel Gómez Guerra, historiador de Camajuaní, las parrandas de esta localidad, desprendimiento de las remedianas, datan de 1890, aunque no fueron autorizadas hasta cuatro años después.

“La gente de los barrios bajos –cuenta Juan Manuel- comenzó a llamar chivos a los que vivían en la loma y éstos, tocados en su amor propio, ripostaron: Si nosotros somos chivos ustedes son unos sapos que viven en las cañadas de allá abajo.”

Detalle de Así comenzó una bronca que dura ya más de un siglo y se inserta con nombre y perfil propio en la cultura cubana: la contienda entre Santa Teresa y San José –canonizados, en segundas y lejos de la mirada del Vaticano, como chivos y sapos, respectivamente.

Unos y otros cocinan a lo largo de todo el año sueños, fantasías y tretas con que intentarán vencer al rival en los días de carnaval. De manera paralela mueven los caracoles del comercio, ofrecen a las empresas de la provincia servicios de carpintería y electricidad, construyen, decoran para terceros, hurgan los almacenes de productos ociosos y absorben donaciones de sus partidarios, incluidos camajuanenses emigrados, que no han podido distanciarse de la voz indefinible, pero persistente, de la identidad.

En Camajuaní las parrandas las financia y las trabaja hasta el gato de la comunidad. Tal virtud, pregonada por no pocos intelectuales, es a la vez y no por casualidad punto flaco de fiestas populares de otras localidades del país, como los carnavales capitalinos.

Con eficiencia gerencial, cada barrio se inserta en el ritmo cotidiano de la economía local –provincial, incluso-, hasta redondear un tesoro de cuantía que rehúsan precisar, pero que sorprendería a no pocos economistas. Todo para levantar dos monumentales carrozas a fines de agosto.

La cercanía del verano insufla una energía inusual a la casa de trabajo de cada bando. Crece el entra y sale al recinto de la magia transformadora. El hechizo se ensaña, primero, con las personas. Al cruzar la puerta, geólogos, veterinarios, funcionarios de gobierno, maestros, chóferes, técnicos de la salud y agricultores, entre otros, se transforman en proyectistas, diseñadores, carpinteros, electricistas, costureras, pintores, escultores, pirotécnicos, curiosos, soldadores. Y espías. Bajo la mirada atenta de las respectivas directivas de sapos y chivos, unos cambian el signo de su oficio habitual y otros, sólo el destino de sus habilidades. La ambición colectiva es ganar. Y todos saben que vencerá el grupo que mejor desenmarañe el misterio de la cultura.

Los barrios llevan hasta el detalle la investigación cultural en cada edición. La magia de las parrandas se funde con los cimientos de la cultura de un pueblo que indica la diferencia entre una columna corintia y una dórica, con la misma sencillez con que señala al visitante el camino al mercado.

Sin el fisgoneo tampoco habría fiestas. Los espías de cada parte husmean las casas de trabajo rivales. Dicen que hay matrimonios entre chivos y sapos que se separan durante los meses de preparativos y hasta algún divorcio ha habido o ha aprovechado la coyuntura para romper lanzas.

Es una expresión más de esa rivalidad de vieja data que une y divide a los habitantes de este pueblo embrujado, los saca de sus hogares a cualquier hora y edad, los baja de los más encumbrados sitios de la escalera social o los trae desde los más apartados puntos geográficos a donde hubieren emigrado, para enredarse en el parque, codo con codo, bajo el estruendo de bocinas y fuegos de artificios, sobre el olor de los asados que custodian la avenida General Naya, entre paseos y carreras en busca del tiempo perdido, la mujer deseada y la improvisada jarra de cerveza, arrollados o arrollando en los changüíes, para adorar, con pasión propia de procesión cristiana, las dos carrozas que emergen de nuevo, prestas al reto, después de meses de secretos, rencillas, indagación académica, elucubración artística y recaudaciones financieras que no han cedido ni durante las crisis económicas cubanas del pasado o el presente.

Los camajuanenses examinan la obra propia y rival y las enfrentan en sus conciencias y en la letra de las congas. Formalmente nadie gana. Pero todos salen convencidos de la victoria de su barrio en las Parrandas. El hechizo, sin embargo, trasciende la mera rivalidad y bendice la raíz misma de la identidad de este pueblo villaclareño, ilusoriamente tranquilo. (Dixie Edith y Ariel Terrero).

(04 de septiembre de 2007) (1743 accesos)
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