10 de septiembre, 2010
Ir a la portada

Memorias del pantano (I)
La Ciénaga de Zapata, al centro sur de Cuba, es un sitio impredecible donde, detrás de cada palo del monte, espera agazapada una historia digna de cuenteros y cronistas.
Por Dixie Edith  

Célebre por su cercanía a las playas donde los cubanos, en 1961, derrotaron en menos de 72 horas una invasión mercenaria, armada y financiada en los Estados Unidos, la Ciénaga de Zapata, al sur de la provincia de Matanzas, es un gran humedal de pantanos traicioneros, mangle tupido y distancias bien largas. También es un reservorio natural de gran valía -allí viven 22 de las 26 especies endémicas cubanas- y los paisajes dejan boquiabierto al más escéptico visitante. Pero sobre todo, es un sitio impredecible, donde, detrás de cada palo del monte, espera agazapada una historia digna de cuenteros y cronistas.

Sixto Agramonte se enteró a fines del siglo XIX. Matancero, del centro urbano de la Atenas de Cuba, se internó en la Ciénaga en octubre de 1899, como enumerador de un Censo Nacional que buscaba detalles demográficos de la Cuba de la posguerra independentista.

Hoy, la Ciénaga suma más de 8 mil 500 habitantes. Agramonte encontró apenas 16 personas en 4 mil 520 kilómetros cuadrados. Se le enfermaron tres prácticos, pasó frío, lo atacó la fiebre y fue pasto de los mosquitos. Escapó milagrosamente de los cocodrilos y probablemente aprendió más de la vida y la naturaleza que en todo el resto de su existencia.

Poco más de cien años después, junto aun equipo de la revista Bohemia, esta reportera se internó en el humedal... tras las huellas de Sixto. Los resultados de la aventura aún cortan el aliento.

A las cinco de la mañana del día 16, partí acompañado de los prácticos Polonio Miranda y Luis González, provistos todos de rifles relámpagos, 200 parques, más revólveres, machetes, cuchillos de montes, escopetas de caza con sus municiones, llevando también conmigo alimentos necesarios para seis días (...) Durante este recorrido matamos varios cocodrilos de una dimensión de 1 á 4 varas, valiéndonos para ello de las armas y machetes (...) La noche fue penosa y en guardia por haber seguido nuestro rastro hasta el campamento multitud de cocodrilos, habiendo avanzado cuatro de ellos sobre nuestros mosquiteros, á los que dimos muerte con gran trabajo.

A pesar de todas las precauciones, el primer choque con la ciénaga fue violento. Sixto y su tropa se abrieron paso con dificultad entre la maleza. Según cálculos, se acercaron a la Laguna del Tesoro; pero retornaron a Jagüey Grande, al cabo de cinco jornadas, ya sin ninguna reserva.

Persistente, esa misma tarde el enumerador volvió a coger el monte con el propósito expreso de llegar a Maneadero. No pudo. Se lo impidió la distancia y probablemente alguna confusión a la hora de orientarse dentro de la Ciénaga. Vino a llegar en su última excursión por el humedal, el 24 de noviembre. El camino desde Jagüey sólo le tomó dos días.

¿Cómo lo logró? Se lo preguntó Amorín, el historiador de la localidad y muchos de los pobladores entrevistados. Incluso José Antonio Cosculluela, ingeniero civil a cargo de un proyecto de desecación de la Ciénaga en 1913, escribió al respecto: “Los diversos Censos de Población, son interesantes al referirse a esta Zona, por lo fantástico que resultan: distancias enormemente dilatadas y que separan lugares casi inaccesibles a pie, resultan haber sido cubiertas en una sola jornada o a caballo...”

Rumbo a Santo Tomás

Los periodistas también dudaron. La aventura hasta Maneadero –larga y accidentada- fue su segunda visita en el humedal. Primero, en busca de recuerdos, hicieron un alto en Santo Tomás.

El pueblo parecía dormido. Sólo cuatro muchachos jugaban dominó en una esquina, mientras otro observaba el partido. Algún perro ladró. Salvo esas señales, no se movía ni una mosca. Los reporteros interrumpieron la tranquilidad del mediodía con el pedido de entrevistar a los más viejos.

Juanito Niebla no sabía de Sixto. Vivía en Santo Tomás desde siempre y contó que hasta hacía unas décadas, toda esta zona se comunicaba más fácil con Güines que con Jagüey Grande, gracias a un canal abierto, en medio del fanguizal, hasta la Ensenada de la Broa.

Por más que pensó, tampoco entendía qué camino pudo hacer Sixto para llegar ileso a esos parajes, a pie y rompiendo monte, en sólo 48 horas. Pero, al parecer, llegó. De otra manera no hubiera podido detallar paisajes que aún existen y mucho menos citar con tanta exactitud a los pobladores del lugar.

Incluso, sin saberlo, el temerario enumerador descubrió algo que Cosculluela confirmó poco más de una década después. Los cuatro troncos del árbol genealógico de la Ciénaga de Zapata están repartidos entre las familias Morejón, Lobato, Arencibia y Bonachea, casi todos provenientes de Yaguaramas.

A lo mejor es cosa del más allá, quizás caviló Juanito. “El diablo ha visitado Maneadero. Dicen que una vez llegó por la Zanja y se quiso llevar a una de las muchachas Morejón: Cecilia, que era muy linda"

Los ojos del viejo, velados por la niebla del tiempo, intentaban sonreír: “Seguro fue alguien de dinero que quiso engañar a la muchacha y como los Morejones se pusieron duros, inventó la historia para no perjudicarse”.

Maneadero ya no existe

Noviembre 24.- Muy temprano emprendimos la marcha, yo con fiebre y uno de los prácticos con bastante catarro, á pesar de lo cual pasamos la charca llevando una marcha forzada hasta las diez de la mañana, en que llegamos a la península, haciendo alto breves momentos para tomar café, continuando en seguida la marcha hacia el hato de Maniadero, que si no tan penosa como la anterior por ser en terreno firme, bastante molesta por ser el camino todo de diente perro. Por fin á las cinco de la tarde llegamos al citado hato, donde encontré una sola familia, cuyo jefe, Marcelino Morejón, nos dio una buena comida, proporcionándonos un bohío donde dormir y datos sobre los terrenos y los montes...

El camino hasta Maneadero sigue siendo molesto por lo tupido y estrecho del terraplén. Tanto, que los habitantes del lugar aseguran que cuando llegó el primero de los ciclones llamado Lili, la brecha se cerró y hubo que abrirla a punta de hacha.

Sin embargo, el batey no existe más. La gente que lo habitaba se mudó para lugares menos remotos. De los Morejones quedan pocos y están regados. El último que vivió en esos parajes fue Ventura, cenaguero que se hizo popular al servir de modelo a Manuel Porto para su personaje de Cuando el agua regresa a la tierra.

Nieto de Marcelino, el viejo Ventura Morejón, “fibroso como las raíces de una ceiba”, según describió otro reportero de Bohemia que sí alcanzó a entrevistarlo, murió en 1996.

Cuca, la hermana, vivía cerca del Central Australia cuando la visita de estos periodistas y no sabía mucho del abuelo. Marcelino –o Marcelo como le recuerdan los nativos- “murió hace más de 70 años. Yo no lo conocí. Sé que la familia se refugió en aquel monte huyéndole a la guerra del 95 y no volvieron a salir nunca.”

En Maneadero quedaba sólo Raúl Arencibia, hijastro de Ventura e iniciado por él en los secretos y ritos del pantano. Alto y fuerte como palo de monte, barbudo y con ojos verdes e insondables, Raúl, también llamado Carburo, escondía sus 37 años en un paraje olvidado. Vivía en las ruinas de la antigua bodega y trataba de refundar “el batey más lindo de la ciénaga”, con una pasión que podría emular a la de Aureliano Buendía, el célebre personaje de García Márquez. Un poblado que hace casi tres décadas fue escenario hasta de una película: El Brigadista. Allí lo atacaba la nostalgia.

“El monte es malo, la ropa dura poco. Pero yo vine para quedarme. La ciénaga se hace amiga de la gente que la conoce y asusta al novato. Ventura lo sabía bien. Él hablaba con todos los palos del monte y andaba sólo de noche, a pesar de que cuentan que salen luces y un animal enorme ronda la ciénaga.”

-¿Supersticiones?

-“A lo mejor. Pero yo sentí los pasos de una bestia grande que venía detrás de mí pisando árboles.”

Al fin, tras muchas insistencias del chofer, Maneadero quedó atrás. Los sesenta kilómetros hasta Playa Larga justificaban su apuro. Oscurecía y el terraplén, entre mangles, se estrechaba y alargaba como si lo estiraran por un extremo. Para colmo, una pequeña luz titilaba al fondo del camino, sin acercarse nunca.

Los temores aumentaban. En Santo Tomás la gente vive entre cocodrilos. “Cuando menos te lo piensas –contaba Zoila Rodríguez, cenaguera de sesenta años- tienes uno en el patio.”

Y no es para menos. Por suerte, la aventura de los reporteros terminó sin cocodrilos y la misteriosa luz del terraplén resultó sólo la ambulancia de Santo Tomás, parqueada en un recodo del camino. La duda persiste. ¿Cómo pudo llegar Sixto a pie a aquellos lugares?

Si quiere respuestas, espere la segunda parte de esta ISLA ADENTRO.

(10 de abril de 2010) (622 accesos)
Enviar a un amigo Imprimir Comentarios de lectores (3)
arriba
 
Enlaces:

-Antiterroristas.cu

-Juventud Rebelde

-Revista Mujeres

-Cubahora

-El Economista de Cuba

-Cubaperiodistas

-Rebelión – Cuba frente al imperio

-Cubarte

-Cubainformación.tv

BLOGS CON PEGADA

-El blog de Yohandry

-Cambios en Cuba

-La isla desconocida

-La polilla cubana

-Paquito el de Cuba

-Día y noche en Cuba

-Destinocuba

-El blog de Vladia

-América despierta

-Guapeando

-Islamía

-Polémica digital

-Cubaizquierda

-CubanitoSoy

-El blog de Varela

 
¿Quiénes somos? l Solicite información l Suscríbase al boletín l Contáctenos l Mapa del Sitio
Desarrollado por Dixie Edith y Ariel Terrero en La Habana, Cuba, marzo de 2007.
Ilustración del banner: Ileana Mulet.
Dirección en la red: www.cubaprofunda.org
Dirección de correo: editor@cubaprofunda.org