07 de septiembre, 2010
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Amores que asfixian
Por Dixie Edith
dixie@cubaprofunda.org
  La sobreprotección y el excesivo paternalismo, dos conductas bastante frecuentes al interior de las familias cubanas, pueden llegar a ser una forma de violencia.

La historia de la capitalina Ofelia Villanueva lo confirma. Esta abuela de 78 años, jubilada pero con una vida muy activa en su barrio, decidió, hace un año, irse a vivir con su familia para no estar sola en casa. Pero hija y mi nieta, de tanto querer, la llegaron a asfixiar.

Dice Ofelia que no la dejaban bajar las escaleras por miedo a que se fracturara una cadera; no podía ir al mercado; y como hija y nieta trabajan resulta que la abuela se sentía más sola que en su hogar de origen, donde siempre estaba rodeada de vecinos.

La experiencia de esta mujer puede inscribirse en lo que la psicóloga española Ana Martos, describe como agresión insospechada; "una forma de violencia psicológica tan sutil y elaborada que se disimula y oculta entre las fibras del tejido social (...) Es la que muchos agresores ejercen disfrazándola de protección, de atención, de buenas intenciones y de buenos deseos".

Martos es autora del libro ¡No puedo más! Las mil caras del maltrato psicológico; y según su definición, las personas sobreprotectoras rodean de atenciones, mimos y cuidados a sus protegidos "pero no les permiten desarrollarse como personas autónomas, no les permiten ejercer su derecho a la libertad, no les permiten escapar del entorno artificial que han fabricado para ellas".

En el extremo contrario, otra forma en que puede manifestarse este tipo de agresión es la que se ejerce cuando, en el afán de que las personas de la tercera edad se sientan útiles, se les agobia con demandas de ayuda.

"Muchos jóvenes tienen a sus padres como canguros continuos, privándoles del derecho de salir con sus amigos, de viajar a su gusto o de sentarse a no hacer nada, que bien se lo han ganado", describe Martos.

Paternalismo, por su parte, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, es "la tendencia a aplicar las formas de autoridad y protección propias del padre en la familia tradicional a relaciones sociales de otro tipo; políticas, laborales, etcétera".

Las principales víctimas de estas conductas suelen ser ancianas y ancianos; mujeres, niñas, niños y adolescentes y los ejemplos más evidentes de ese paternalismo que resulta una agresión son la imposición al hijo o hija, por parte de los padres, de una pareja o una carrera universitaria; o también la prohibición a una mujer por parte del esposo, de salir a determinada hora de la noche, “para protegerla”, entre otras.

La doctora en Ciencias Psicológicas Patricia Arés, jefa del grupo de estudios sobre familia en la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana asevera que, en Cuba, existen "tácticas de educación familiar en el ejercicio de la autoridad donde priman la imposición o la tutela, que, en sus manifestaciones extremas, se traducen en autoritarismo o rechazo y sobreprotección, tolerancia o permisividad".

Todas las actitudes descritas por Arés están comprendidas, de una u otra manera, dentro de la descripción de la violencia psicológica o emocional, considerada mayoritaria dentro de los tipos de agresión que se manifiestan en Cuba.

Una investigación del Grupo de Estudios sobre Familia, del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS), del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA), confirma que en el contexto cubano la violencia psicológica "parece ser la más abundante y frecuente".

Ese estudio, realizado en 2006 por un colectivo de autores, fue titulado "Violencia intrafamiliar en Cuba. Aproximaciones a su caracterización y recomendaciones a la política social", e incluye entre las expresiones de violencia psicológica los "gritos, amenazas, humillaciones, ofensas, chantajes, desvalorizaciones"; pero también las "prohibiciones, intimidaciones, imposiciones".

Desarrollado fundamentalmente en Ciudad de la Habana, pero también en Santiago de Cuba, Matanzas y Villa Clara, entre 564 personas, de ellas 366 mujeres y 198 hombres, el informe asevera que el 86 por ciento de las personas encuestadas consideró que "los hijos deben obedecer a sus padres en todo".

Según el texto, "la necesidad de la 'obediencia' total de los hijos refleja el poder asignado al adulto -y especialmente a los padres sobre los hijos/as-, y de la presencia activa de criterios de educación patriarcal, autoritaria, en nuestra población. Ambas ideas constituyen elementos favorecedores de la expresión de conductas violentas".

Según coinciden varias investigaciones estos actos no dejan huellas visibles inmediatas, pero sus implicaciones son más trascendentes. Entre ellas están la desmoralización de las víctimas, subvaloración de sus capacidades e incluso, sobre todo entre los más jóvenes, la persona puede llegar a convertirse en un ser pasivo, incapaz de emprender proyectos propios. Hay casos extremos en que los agredidos han llegado, incluso, al suicidio.

Nada, que ese refrán que suelen repetir abuelas como Ofelia: “hay amores que matan”, parece que no siempre queda solo en palabras

(15 de octubre de 2008) (1320 accesos)
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