07 de septiembre, 2010
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Habeas Corpus para el amigo de las aves
Una apelación colateral, o habeas corpus, a favor de Gerardo Hernández fue presentada en la Corte Federal de Miami, en lo que constituye el último recurso legal de un proceso marcado por irregularidades, manipulaciones, mentiras y abusos de poder.
Por Dixie Edith  

Se ríe a mandíbula batiente, dibuja caricaturas y se hace amigo de los animales. Es íntegro y fiel; amante y pensador, pero está condenado a dos cadenas perpetuas, más quince años de cárcel, por combatir el terrorismo contra su tierra. Gerardo Hernández Nordelo es uno de los Cinco cubanos presos injustamente en Estados Unidos desde hace más de una década... Y se le está acabando el tiempo.

El pasado 14 de junio fue presentada en la Corte Federal de Miami la apelación colateral, también conocida como habeas corpus, a nombre de este patriota, a quien, como castigo extra, se le impide la visita de su esposa Adriana, a quien no ve hace más de doce años.

Lo más doloroso es que este paso es ya el último recurso legal para Gerardo, en un proceso judicial marcado por irregularidades, trampas, mentiras, abusos y violaciones de normas internacionales.

Basta decir que ya en 2005 el Grupo de Trabajo Sobre Detenciones Arbitrarias de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas, declaró ilegal y violatoria del derecho internacional la detención de los Cinco y solicitó al Gobierno de Estados Unidos que adoptara las medidas necesarias para remediarlo. No hubo respuesta.

Un aspecto importante en esta reciente apelación es la presentación de nuevas evidencias.

Recientemente, el Comité Nacional Libertad para los Cinco de Estados Unidos, el Gremio Nacional de Abogados de ese país y la organización por los derechos civiles Partnership for Civil Justice realizaron una documentada denuncia sobre los pagos hechos por el Gobierno de EEUU a periodistas que durante el juicio estuvieron sistemáticamente calumniando a los Cinco, promoviendo el odio contra ellos y provocando y amenazando a jueces y jurados. El hecho de que lo hacían a sueldo del Gobierno fue descubierto en 2006, cinco años después de concluido el juicio.

También se incluirán las violaciones cometidas por el gobierno con la manipulación de las evidencias, su falsificación y en no pocos casos su ocultamiento para obstruir la justicia. Otros aspectos, de carácter técnico en el ejercicio de la defensa, serán también analizados.

Al margen de los resultados finales que puedan alcanzarse en el orden legal, el proceso, aseguran expertos, permitirá demostrar con mayor solidez en el orden legal la inocencia de Gerardo y explicar, una vez más, las violaciones procesales y cómo su realización en Miami fue una negación de la justicia.

La apelación colateral es solo a nombre de Gerardo, pues su caso fue cerrado al negarse el Tribunal Supremo a revisarlo el 14 de junio de 2009. En consecuencia, sólo le queda este procedimiento extraordinario. Sus cuatro compañeros disponen aún de otras posibilidades y recursos que serán utilizados por sus abogados defensores.

Los amigos de los Cinco -y de esta isla- enseguida se hicieron eco del hecho. La Alianza Martiana circuló una declaración de apoyo a los patriotas cubanos y al hábeas corpus a favor de Gerardo.

Al señalar en el documento que este siempre ha sido un caso político, las organizaciones que integran la Alianza (la propia Alianza Martiana como grupo individual, la Brigada Antonio Maceo, la Alianza de Trabajadores de la Comunidad Cubana, la Asociación José Martí y el Círculo Bolivariano de Miami) reconocen que los méritos de derecho que asisten a los Cinco han sido ampliamente demostrados.

El amigo de los pájaros

Mientras el proceso legal pica y se extiende, como seguro diría el propio Gerardo, este hombre a quien pretenden presentar al mundo como amenazante y tenebroso, ha conseguido cultivar amistades incluso entre las aves.

Cuenta Alicia Jrapko, también amiga y luchadora incansable por su causa, que hace cosa de un año un pajarito se hizo amigo del preso.

“Ambos estaban encarcelados en Estados Unidos, ambos compartían injusta prisión por defender a Cuba de acciones terroristas…”, asegura.

La historia comienza así. El 4 de junio de 2009, el mismo día de su cumpleaños, Gerardo Hernández tuvo noticias de aquella criatura. Se enteró por un preso de apellido Lira, que trabaja en la fábrica que está dentro de la prisión. Lira y un guardia limpiaban los techos con una potente manguera y sin querer o sin saber, destruyeron un nido que protegía a tres pichones. Dos de ellos murieron tras el golpe, pero uno quedó vivo. Eran tan pequeños que ni plumas tenían. Posiblemente estaban recién salidos del cascarón.

El guardia se conmovió y sintiéndose responsable, le permitió a Lira que se lo llevara escondido al interior de la prisión e intentara salvarlo. El preso llegó con el pajarito en la palma de su mano y sin saber qué hacer con él, comenzó a preguntar a otros presos. Alguien sugirió: “Preguntémosle a Cuba -como llaman a Gerardo los otros presos-, que a él le gustan los animales y seguro sabe de eso”. Así fue que llamaron a Gerardo y él vino a la celda donde tenían al animalito.

La primera reacción de Gerardo fue silbar, imitando lo que él suponía hiciera la madre del pichón. Movió los dedos de las manos, como si fueran pequeñas alas. Milagrosamente, el pajarito abrió su pico. Gerardo comenzó a darle migas de pan y luego, introdujo sus dedos en el agua y dejó correr las gotas cayeran suavemente en el pico del pajarito.

Gerardo no quiso llevárselo a su celda, pero todos los días pasaba para alimentarlo. El problema era que al principio el pequeño no quería comer con nadie, salvo con Gerardo. Un día se le ocurrió ofrecerle al pajarito unas hilachas de pescado y después el bribón ignoraba las migas del pan. Comenzaron a crecer sus plumas y Gerardo le enseñó entonces a comer solo. Le ponía los trocitos de alimento en la palma de su mano y el pajarito venía con toda confianza.

Sin embargo, los presos estaban preocupados. En caso de inspección, el pequeño sería un problema. Como ya estaba más grande, lo sacaron al patio para que volara libre. El pajarito volaba un poco y regresaba al hombro de Gerardo. Cada vez que intentaba volar con otros pájaros, lo rechazaban a picotazos. Poco a poco ganó confianza. Gerardo entraba solo al pabellón donde vive, pero cuando salía otra vez al patio, el pajarito se asomaba también para verlo.

En una ocasión estaban muchos presos en el patio. Alguien le dijo a Gerardo que por ahí andaba el pajarito posado en los alambres de púas. Gerardo silbó y frente a todos los presos, el pequeño apareció de la nada y se posó en su hombro. Increíble. Todos hablaban de esta historia.

Al pajarito lo llamaban Cardenal, porque Gerardo le pintó las plumas de la cola con un marcador rojo, para distinguirlo de los demás. La pintura lo afectó un poco. El pajarito perdió las plumas de la cola, pero por breve tiempo. Después las recuperó, con su color natural. Sin embargo, el nombre se quedó: Cardenal.

En una ocasión, otro preso encontró al pajarito en el patio con el pico abierto. Hacía mucho calor, tenía sed. Lo tomó y se lo dio a Gerardo. Él lo ocultó dentro de su gorra para entrarlo sin que lo vieran. Por supuesto, se dieron cuenta de que algo extraño tenía en la cabeza. “¿Qué tienes debajo de la gorra?”, y él dijo: “Nada”. Cardenal también respondió piando como loco. “No me digas que lo estás entrenando para llevarle mensajes a Fidel”, reaccionó uno de los guardias riéndose.

La historia no terminó todavía. Gerardo se lo llevó a su celda y le preparó un lugar para que se quedara allí. Jugaba con él, se le posaba en el hombro, en la cabeza. Cuando Gerardo estaba escribiendo, venía a entretenerlo y el cubano le daba una palmadita cariñosa, para que lo dejara tranquilo. Entonces Cardenal se escurría por la espalda hasta donde la mano amiga no podía alcanzarlo. A veces se acurrucaba en el cuello de la camisa del preso y allí se dormía. O picoteaba la oreja del amigo y cuando Gerardo sacudía la cabeza, Cardenal se mudaba a la otra oreja.

En una ocasión en que Gerardo había soltado a Cardenal, este voló hasta el comedor y aterrizó en el plato de un preso grande y fuerte que estaba comiendo un pedazo de pollo. El preso agarró al pajarito en sus manos para apretarlo y alguien le gritó: “No lo mates. Es de Cuba”. El grito lo tomó desprevenido. El hombre soltó a Cardenal y preguntó asombrado: “¿Y quién coño es Cuba?”

Gerardo en realidad estaba muy preocupado. A cierto guardia no le hacía ninguna gracia el pajarito. Durante una inspección, el guardia había obligado al preso a soltar a Cardenal y cerrar la puerta después. El pajarito regresó luego estropeado. Gerardo lo dejó unos días más en su celda para que se recuperara. Y en eso hubo un lockdown (incomunicación aplicada a todos los prisioneros) y siempre que hay lockdown hay registros.

Cuando Gerardo escuchó que estaban registrando por espacio que queda entre el piso y la puerta, lo empujó hacia afuera. Cardenal salió volando, dentro del pabellón donde está la celda de Gerardo. Al llegar el guardia, vio la caja donde vivía Cardenal. Gerardo le dijo que ahí vivía su amigo, por voluntad propia: “El problema es que yo lo saco para afuera, pero el pajarito vuelve; yo no tengo la culpa”. “Mira si te voy a creer que el pajarito va a volver”, le contestó el guardia, que hace el ademán de irse como diciendo: “estás loco”. Gerardo silbó dentro de su celda y el guardia se quedó frío viendo como regresaba el animalito. Sin equivocarse, Cardenal identificó el lugar de su amigo en la enorme galería de celdas del primer y segundo piso, todas exactamente iguales.

Cardenal llegó a la celda de Gerardo. Miró por la rendija, pero no pudo entrar (esto sucede durante lockdown). Allí se quedó quieto hasta que el mismo Gerardo, conmovido, abrió la ventanilla por donde meten la comida y Cardenal entró. Unos días después hubo otro registro. Cuando los guardias llegaron a la celda de Gerardo éste les dijo que tenía un pajarito, para que no se fueran a asustar si les volaba encima. Le dijeron que tenía que soltarlo, pero como ninguno de ellos lo podía agarrar, llevaron a Gerardo hasta la puerta del pabellón para que el mismo lo soltara. Como estaban en lockdown, Gerardo y el pajarito salieron por el pasillo escoltados por los guardias. Todos los presos los vieron a través de la rendija de sus celdas, y comenzaron a gritar: “Se llevan a Cuba y al pajarito al hueco” y comenzaron a golpear las puertas en protesta. El guardia gritó: “¡Cálmense! No lo llevo al hueco; solo vamos a dejar libre al pájaro.”

Esa fue la última vez que Gerardo vio a Cardenal. El lockdonw duró un mes sin que el pabellón se abriera. El cubano no pudo salir y Cardenal no pudo entrar. El pajarito había estado dentro de aquella dura prisión de alta seguridad desde el cumpleaños de Gerardo, el 4 de junio hasta el 16 de julio, un día después del aniversario de bodas Gerardo y Adriana.

Y colorín colorado este cuento (que no es cuento) se ha acabado.

Nota: Alicia escribió esta historia de memoria dos horas después de escuchársela a Gerardo, durante una visita que ella le hiciera a la cárcel de máxima seguridad de Victorville, California. Él después revisó y corrigió el texto. El actor estadounidense Danny Glover lo ha contado al mundo en un video que circula en You Tube.

(16 de junio de 2010) (393 accesos)
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