10 de septiembre, 2010
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Tropiezos y trampas en las construcciones
Fallas internas de la planificación, la productividad y la eficiencia pesan tanto en el sector de la construcción y la actividad inversionista como las limitaciones financieras que Cuba enfrenta hoy.
Por Ariel Terrero  

Bajo la capa de ruido, la polvareda y su rudo ajetreo habitual, la construcción posee una extraña sensibilidad para los cambios de velocidad de la economía. Es una de las actividades que con más certidumbre refleja los momentos de progreso y los tropiezos o zigzagueos en la marcha de un país. Obras pospuestas, pasmadas o demoradas son, junto al deterioro de determinadas ofertas en las tiendas, una de las evidencias más claras a los ojos del común de los mortales de que la economía cubana sacó el año pasado el pie del acelerador por escasez de combustible para su motor. La construcción avanzó un menguado 1,3 por ciento en el 2009, casi en proporción similar al crecimiento (1,4 por ciento) del producto interno bruto (PIB).Foto de Miguel Ángel Baez

Quizás ocurra así por tratarse de una actividad que absorbe un volumen pesado de recursos –miles de millones de pesos- que, en el caso de las inversiones productivas y de infraestructura, rinden beneficio a mediano y largo plazo. Ante la falta de liquidez cubana en moneda dura, era inevitable la posposición de las obras menos urgentes. Sin embargo, por la misma razón, la mirada profunda hacia el futuro, constituye una de las apuestas más importantes para la reproducción o expansión de la economía y merece manejarse con neurona certera, tanto por los que toman decisiones centrales de gobierno como por los ejecutores.

Como consecuencia de esa peculiar sensibilidad para expresar, como un espejo, lo que acontece en la economía, la construcción y la labor inversionista en general han manifestado, como pocas actividades en Cuba, los enredos de la planificación: desde los millones de pesos –o dólares- inmovilizados en una obra detenida a medio camino, hasta los millones que se traga por encima de lo previsto cuando se extiende más allá de las fechas planificadas –para no hablar de los equipos embalados bajo el cartelito de inventarios ociosos por compras mal calibradas, o del extravío de recursos hacia las tarimas del mercado negro.

Las autoridades buscan ordenar la casa, por expresa voluntad de rescatar la planificación y ante la imperiosa necesidad de garantizar un uso óptimo para cada dólar que Cuba consigue atrapar en las aguas deprimidas del comercio y la actividad crediticia mundial. La contracción de los ingresos y del crecimiento económico obliga a “limitar las nuevas inversiones en los fundamental a aquellas que generen ingresos en divisas en el corto plazo y sustituyan importaciones”, sentencian los Lineamientos adoptados en el Plan de la Economía del actual año.

En frecuencia con la concepción estratégica general, dichos preceptos orientan incluso “reducir los gastos de la esfera social, pues la economía no soporta sus cuantiosos montos”. Ponen los pies sobre la tierra y el dedo sobre una de las teclas más sensibles de la economía: los voluminosos y mal controlados gastos generales en que suelen incurrir actividades como la salud y la educación.

A fines de año, el presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Raúl Castro, reafirmó ante la Asamblea Nacional del Poder Popular que el Gobierno se propone cerrar las puertas a las pifias de la planificación. “El plan 2010 tiene como una de sus premisas que no se admitirán inversiones sin un estudio de factibilidad previamente aprobado, su adecuada preparación, incluyendo los proyectos, las correspondientes licencias ambientales y de Planificación Física y definidas las fuerzas constructoras e inversionistas que las ejecutarán y pondrán en explotación de acuerdo con un cronograma definido”, dijo.

Y, ciertamente, era una urgencia atar bien esos cabos. Lo ratifican el declive de las inversiones el año pasado y el gasto insostenible y desordenado de obras, que a pesar de ser priorizadas, como las de los hospitales de la capital, aún suelen ver desfilar por sus predios empresa tras empresa constructora, por poca previsión a la hora de planificar.

Bajo el peso de la crisis

De acuerdo con la Oficina Nacional de Estadísticas (ONE), la ejecución de inversiones experimentó una depresión del 16,5 por ciento en el 2009, en comparación con el año anterior. La cifra total llegó a cuatro mil 396 millones de pesos, mil 455 millones de ellos en pesos convertibles. En relación con lo planificado, se dejó de ejecutar el 10,1 por ciento, unos 440 millones de pesos, el grueso en equipamiento.

Estos datos son un termómetro inquietante de los efectos de la crisis económica mundial, combinada con otros males ya conocidos como el bloqueo estadounidense y las debilidades habituales del sector de la construcción y de la labor inversionista, como puede colegirse del informe de la ONE. Entre los principales lastres en la marcha del año pasado esa institución señala “la falta de materiales, fuerza de trabajo y financiamiento en moneda nacional, a la vez que se presentan atrasos en los suministros y el financiamiento en CUC.”

Por constituir un frente estratégico merece sobre sí, sin dudas, todos los sentidos y lupas de la fiscalización. Los programas donde se concentraron las inversiones el año pasado hablan por sí solo: viviendas (17,8 por ciento), energía eléctrica y grupos electrógenos (13,2 por ciento), obras de hidroeconomía, acueductos y trasvases para enfrentar los peligros de la sequía (9,2 por ciento), turismo (8,2 por ciento), industria de extracción de petróleo y gas (5,3 por ciento) y minería del níquel (4,4 por ciento).

Esos objetivos, sobre los cuales descansa parte fundamental del resto de la economía, absorbieron casi el 60 por ciento de los gastos en inversiones. Los programas de la salud, con unos 130 millones de pesos, y de la educación, con 68 millones, ocuparon entre ambos el 7,5 por ciento.

Inversionistas y constructores sintieron presión el año pasado sobre todo en el frente de la vivienda, brutalmente dañado en 2008 por el trío fatal de los huracanes Gustav-Ike-Paloma. Poco más de la mitad de las pérdidas récord, calculadas en unos 10 mil millones de dólares, fue por concepto de techos que volaron, paredes que cayeron, casas que desaparecieron.

A inicios del actual mes de marzo, el Ministerio de la Construcción reportó que el país ya había recuperado el 60 por ciento de las 600 mil viviendas dañadas por esos meteoros. Buena parte eran reparaciones por afectaciones parciales, aunque también edificaron comunidades completas en los territorios más torpedeados por los ciclones en Holguín, Las Tunas y Pinar del Río.

La orientación del cemento y de las fuerzas de la población hacia arreglos y remiendos influyó en que la construcción de viviendas nuevas declinara. Aunque las brigadas de albañiles consiguieron superar en 800 (2,5 por ciento) el plan de 32 mil viviendas, hicieron un 30 por ciento menos que las 47 mil 198 del año previo. El retroceso se registró, fundamentalmente, en la edificación de casas y apartamentos por esfuerzo propio de sus moradores: disminuyó a 12 mil 400 inmuebles, casi la mitad del 2008, según la ONE.

En busca del Santo Grial

Entre avances circunstanciales y arrastre de viejas insatisfacciones, la endeble puntería del proceso inversionista y las fallas por ineficiencia en la construcción continúan entre las deudas de la economía, punzantes por tocar temas vitales como la vivienda y la renovación permanente de columnas productivas de la nación.

Esa quizás sea otra de las razones que agudiza la sensibilidad de ese sector para reflejar no solo los cambios de ritmo de la economía, sino los cambios de política económica. Las empresas constructoras en más de una oportunidad han servido como plataforma de ensayo a reorientaciones de las estrategias salariales, de empleo y de organización del trabajo, en unas ocasiones con más o menos fortuna que en otras.

Las características estructurales del sector lo hacen, en verdad, particularmente atractivo para probar transformaciones en el empeño por desatar los nudos que frenan hoy la productividad del trabajo en Cuba. Las novedades en el pago por resultados o el más reciente intento por aplicar el doble turno enseñan algunas mejoras, pero se desinflan cuando la planificación falla y los materiales no llegan a tiempo a la obra, como confirmó el reciente X Congreso del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Construcción.

Probar en esa actividad fórmulas de organización laboral que otorguen más autonomía a la gestión de brigadas, contingentes u otros colectivos de constructores pudiera ser una contribución que frene la emigración de los obreros más calificados hacia escenarios de trabajo por cuenta propia y revierta el déficit crónico de fuerza de trabajo del sector. Y no solo ayudarían a encontrar el Santo Grial del estímulo laboral de que suelen carecer los constructores, sino que puede ser otro medio más de enderezar la planificación de inversiones, si las presiones llegan un día desde abajo y no solo desde arriba.

(25 de mayo de 2010) (571 accesos)
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