La primera vez que escuché hablar de él, no grabé su nombre. Tenía cuatro o cinco años y mi abuelo materno, que solía repetirme la historia del combate de Alegría de Pío como si fuera un cuento infantil, ponía particular énfasis en la anécdota del combatiente que exigía que nadie se rindiera. Para mis pocos años de entonces, aquel muchacho se alzaba como un héroe de novela de aventuras, eternamente joven, rebelde, temerario...
A las alturas de quinto o sexto grado, cuando empecé a leer y a estudiar historia, logré empatar mis recuerdos de niña con un nombre y un rostro: Juan Almeida Bosque, soldado del Moncada y la Sierra, fundador del III Frente Oriental Mario Muñoz, Comandante de la Revolución y Héroe de la República de Cuba. Para entonces, ya mi abuelo Víctor había muerto y siempre me quedé con las ganas de comentarle el impacto que en mi vida posterior tuvieron sus cuentos. Muchos años después, ya estudiante de Periodismo en la Universidad de La Habana, Almeida seguiría dándome sorpresas. Como la mayoría de mis condiscípulos, era una asidua inquilina de la biblioteca de la Casa de Las Américas. Una mañana de marzo de 1993, días después de la llamada Tormenta del Siglo que inundó el malecón capitalino y agredió los predios de “nuestra biblioteca”, ayudábamos a secar y acomodar estantes, recuperar libros, limpiar... En medio del desorden, un volumen sin carátula llamó mi atención. El libro, uno de los Premio Casa de las Américas y curiosamente a tono con las circunstancias, narraba los sucesos del legendario ciclón Flora, mezclados con reflexiones sobre la lucha insurreccional en la Sierra Maestra y los difíciles momentos que vivió la Isla en los inicios de la Revolución, marcados por una insistente y agresiva racha de actos terroristas de signo diverso, pensados y ejecutados desde territorio de Estados Unidos. Su autor era Almeida, Jefe de la fuerza Aérea cubana cuando el Flora, y guía de una cuadrilla de helicópteros que se desplazó desde La Habana hasta Oriente, territorio más golpeado por el meteoro de 1963. Con el tiempo, otros de sus libros cayeron en mis manos y fui descubriendo al Almeida sonero, autor de piezas como Dame un traguito, coreadas y bailadas por muchos cubanos. El héroe de los cuentos de mi abuelo se fue haciendo de carne y hueso, y por tanto, creciendo. Con los años, lo seguí admirando por sencillo y persistente; por su trabajo en el Partido y al frente de la Asociación de Combatientes, atendiendo y aglutinando una fuerza, que va acumulando años pero sigue demostrando ser de valor invaluable para la Cuba que construimos. De Almeida fue una de las primeras cartas que recibimos en Bohemia hace poco más de un año, con motivo de nuestro centenario. Nos contaba, entre otras cosas, que aún conservaba “los números especiales de 1959, recogiendo la historia más reciente de aquellos convulsos momentos de la Revolución triunfante”. Y nos insistía en no abandonar la tradición de la revista, la lucha. Hoy, que Cuba amaneció con la noticia de su muerte, intento juntar las memorias, los fragmentos de vida que han llegado hasta mí en todos estos años y un hombre se va levantando: valiente y humilde, con alma de artista y fe en el trabajo. Revolucionario y fiel, hasta las últimas consecuencias. Un hombre, que a pesar de la muerte, no se rinde. Como el muchacho de los cuentos de mi abuelo. |